martes, 1 de marzo de 2011

Opinión. Un futuro para nuestra tierra. Lucía Sánchez Prieto.


La dimensión del ser humano es de una riqueza pasmosa. No deja de sorprendernos su desarrollo y su comportamiento en las diversas etapas de la historia. Y el momento que estamos viviendo hoy no es menos peculiar que cualquier otro.

Paseo por las calles de la Esperanza y observo los perales cargados de peras dulces y jugosas que ruedan por los suelos y son devoradas por insectos, gusanos y demás fauna. Mientras, los pobladores viven ajenos a esta exuberancia de fertilidad, abundancia y riqueza a los pies de nuestras casas.
Lo mismo ocurre con las moras, que bordean nuestras carreteras en sugerentes y pedunculados racimos, y los higos, que se pudren en las alturas, las manzanas, y los aguacates, que caen olvidadas bajo los árboles porque tenemos cosas más importantes que atender. Y todo lo que no vemos pero que puebla nuestras tierras, una vez veneradas y hoy relegadas al olvido.
No hay lugar para muchos de estos productos, son demasiadas las cantidades para su consumo por una sola familia y no es fácil darles una salida comercial, o al menos eso dicen mis vecinos. Y ¿lo de hacer conservas? no parece muy atractiva la idea, teniendo en cuenta que hay muchos alimentos frescos en el supermercado, ir es cómodo, los precios son asequibles y, además, tenemos toda la variedad inimaginable de productos que vienen desde Chile, península, o Japón.
Cada época de la historia tiene sus propias características, hoy, por estas regiones del globo, nos ha tocado vivir en una civilización en la que el hombre parece estar desvinculado de la tierra. Donde, para nuestros empresarios y políticos, el suelo parece más un medio estéril sobre el que lucrar que lo que intuyo que realmente es, una fuente inagotable de riqueza y fertilidad, una joya en bruto con la que podríamos enriquecer y engrandecer nuestros pueblos. Y no sólo por el alimento, también por la cultura que mana de trabajar la tierra, el sentido de pertenencia y mucho más.
Todavía ocurre hoy, en estos tiempos de “crisis”, en los que el sistema se debería cuestionar desde su raíz. Seguimos pensando, o lo piensan muchos, que el modelo socioeconómico de Canarias debe seguir sustentándose en el turismo y la construcción. Y que la tierra no es más que eso, un medio estéril, sobre el que construir grandes y pequeñas infraestructuras que nos permitan proseguir con el “desarrollo”, el desarrollo desbocado ¿hacia donde?
Al turista que viene a Tenerife le gusta visitar el Teide, visita alguna de las ciudades más emblemáticas de la isla, se pasa por algún que otro museo, y tal vez, se haga una caminata por alguno de nuestros bosques, pero sobre todo, viene a buscar el sol.
Esto podría explicar, en cierto modo, que La Esperanza no haya sido nunca uno de los destinos preferentes del turista, ya que es una de las zonas con mayor pluviometría anual de toda la isla (500-700 mm anuales) que además tiene unas temperaturas que la mayor parte del año nada tienen que ver con el calorcito que reina en las zonas costeras.
Debido a ello muchas de las calles que configuran nuestro pueblo han permanecido igual desde que yo las recuerdo, esto es, en los últimos treinta años. Que el suelo no haya sufrido una conversión brutal a ser sustento de hoteles y apartamentos podría suponer para algunos una desventaja y un atraso. Para otros, en cambio, es una gran suerte; gracias a la lluvia y a la nube permanente hemos sido tierra olvidada para los grandes constructores y las inversiones de capital y conservamos espacio considerable para acoger nuevos cultivos y ganadería. Muchas de estas tierras, a día de hoy, son tierras abandonadas que empiezan la vuelta atrás a su ancestral configuración floral, y que nos dan la oportunidad de rodearnos de un poco de naturaleza. Que, aunque sea de segunda clase, de esa que los especialistas llaman “degradada”, sigue siendo para los sentidos naturaleza, de esa que baila con las estaciones, nos alegra, nos armoniza, ensancha los pulmones y engrandece al alma.
De cualquier modo y, aunque los turistas no tengan un interés masivo por alojarse en La Esperanza, es cierto que la zona periurbana va experimentando una lenta expansión. Así he visto como muchos de mis vecinos venden sus fértiles tierras al mejor postor, que sin ellos pretenderlo, las entierra bajo capas de asfalto o cemento. Con las ganancias, estos vecinos, se van a vivir a la ciudad y, ahora sí, empiezan a comprar en los supermercados incluso las peras, que ahora vienen de Francia.
Si alejamos un poco la vista y nos vemos desde la distancia podríamos observar que vivimos inmersos en un espejismo, el espejismo de suponer que nuestra felicidad pende del consumo de bienes materiales, del confort de nuestras casas y coches, de la cercanía a las tiendas, de las grandes avenidas y circunvalaciones. Somos mucho más que eso. Y bajo nuestros pies está la tierra, callada, observando cómo vamos y venimos, esperando a que despertemos de este sueño de la materia, y nos reconciliemos con el sentir holístico, propiamente humano, para poder ver, otra vez, la riqueza que surge como un manantial de las entrañas de nuestras tierras y que nos regala año tras año, ciclo tras ciclo, sus frutos, olores y formas únicas, irrepetibles y cargadas de alimento para el cuerpo y para el alma humanos.
Así como hace cien años nadie pudo imaginar la revolución verde, hoy nadie puede vislumbrar lo que será la agricultura del futuro. Pero apuesto a que los valores de la tierra, la calidad de los alimentos generados de forma armónica con el entorno, la biodiversidad, la fertilidad, el aire puro de nuestros bosques, serán de nuevo protagonistas y grandes venerados por el ser humano.
Lucía Sánchez Prieto
Integrante del Comité en El Rosario de Sí se puede