sábado, 17 de enero de 2009

Tenerife. Manifiesto de la Comunidad Palestina en Canarias

(Leído al finalizar la manifestación en Santa Cruz el día 17.01.09)
Desde la limpieza étnica acometida en Palestina por el movimiento sionista y el Ejército israelí, hace ahora seis décadas, nuestra historia más reciente ha estado marcada por este drama. Entonces éramos invisibles, no existíamos; luego nos disfrazaron de nómadas, sin aparente arraigo y asentamiento en una tierra; después nos definieron como un problema meramente humanitario, sólo éramos refugiados en busca de cobijo; más tarde, en plena Guerra Fría, se nos asoció con la amenaza comunista; y ahora, en la etapa de la guerra global contra el terrorismo, nos transforman en un problema de seguridad para la potencia colonial y militar que ocupa nuestra propia tierra desde entonces.

La tragedia del pueblo palestino, decía el escritor libanés Salim Nassib, residía en que su realidad (la existencia de Palestina) se transformó en una ficción (Palestina dejó de existir), al mismo tiempo que una ficción (el sueño colonial del movimiento judeo-sionista en Europa) se transformó en una realidad (en el actual Estado de Israel). Así que donde estaba Palestina está hoy Israel; y donde antes había aldeas palestinas ahora hay un parque temático o un hipermercado o una zona residencial israelí; y los nativos árabes palestinos, que poblaban las aldeas y ciudades de lo que entonces era Palestina, ahora viven, con sus descendientes, hacinados en los campos de refugiados dispersos por Cisjordania, por Siria, por Jordania, por el Líbano, pero también por Gaza, por esos mismos campos de refugiados que bombardea indiscriminadamente el Ejército israelí.


Pese a la injusticia histórica cometida contra nuestro pueblo, y para no prolongar más nuestro sufrimiento ni tampoco el de los israelíes, y poner fin definitivo al conflicto, hace muchos años que aceptamos una solución mínima, la de crear un Estado palestino en el 22% de nuestra tierra. Nos conformamos con un pequeño Estado en los territorios que ocupó el Ejército israelí durante la guerra de 1967. Ese mini Estado palestino se construiría en la superpoblada franja de Gaza y Cisjordania, y tendría su capital en Jerusalén Este. Semejante solución, la de los dos Estados, cuenta con el respaldo de la legalidad internacional y el de toda la comunidad internacional. Sin embargo, pese a cerca de dos décadas de negociaciones con Israel, no se ha avanzado ni un centímetro para liberarnos del yugo de su ocupación. Por el contrario, el peso de la ocupación militar israelí se deja sentir cada vez más fuerte en la vida de nuestros hermanos y hermanas en los territorios. Cada día que pasa, Israel sigue transformando la geografía y la demografía de Cisjordania y Jerusalén Este, con la creación de nuevos asentamientos, confiscación de tierras, puestos de control y fragmentación de todo el territorio palestino, encerrando a su población en guetos, detrás del muro del apartheid.

Es cierto que Israel evacuó Gaza en el 2005, pero no es menos cierto que Gaza sigue aprisionada dentro de Israel, que bloquea Gaza por tierra, mar y aire; impide la entrada de ayuda humanitaria; y condena a su población y a sus niños al hambre y a la miseria, sin ningún futuro ni esperanza de mejorar sus vidas. Pero en Gaza no sólo es el millón y medio de su población Palestina la que está encarcelada y siendo bombardeada, también es la conciencia mundial y el conjunto de la humanidad la que está siendo ultrajada en Gaza.

Todos sabemos, aunque no se recuerde lo suficiente, que la primera víctima de un conflicto es la información. Por lo que preguntamos bien claro y alto: ¿quién está impidiendo la entrada de la prensa internacional en Gaza?: ¿la población ocupada o la potencia ocupante?, ¿acaso es Hamás o es Israel?, ¿dónde están ahora todos los defensores de la libertad de expresión, de los derechos humanos y la democracia en el mundo árabe que iban a liberar al pueblo iraquí?, ¿acaso están en Washington o están entre las ruinas de Gaza, resistiendo y defendiendo lo que queda de su tierra y de su dignidad?, ¿a quién le molesta que las imágenes de los niños destrozados circulen por nuestras pantallas?, ¿a quién le estorba los reporteros para cometer sus crímenes?, ¿quién obstaculiza el trabajo de esos testigos incómodos, que con sus cámaras testimonian el crimen contra la humanidad que se está cometiendo en la franja de Gaza desde hace 22 días?

No, no se puede hablar de guerra. No hay dos ejércitos enfrentados. Hay una potencia militar ocupante y una población ocupada. La violencia está manifiesta en la colonización y en la política de ocupación. Estamos asistiendo a un Politicidio, el uso masivo del poder militar para acabar con la expresión política del pueblo palestino. Desde la comodidad autocomplaciente, de quien no quiere distinguir entre colonizado ni colonizador, se dice que Israel tiene derecho a la legítima autodefensa. Nos preguntamos ¿desde cuándo se ha otorgado legitimidad a las potencias coloniales para aplastar la rebelión anticolonial de las poblaciones colonizadas? ¿Acaso no es la potencia ocupante la que debe de velar por la seguridad de la población ocupada como se recoge en la IV Convención de Ginebra? ¿Desde cuándo es la población ocupada la que debe garantizar la seguridad de la potencia ocupante?

Hace tres años se celebraron elecciones legislativas en los territorios palestinos. Esas elecciones se llevaron a cabo bajo supervisión internacional y fueron animadas por la comunidad internacional. Pese a que entonces decíamos que el problema principal en Palestina era poner fin a la ocupación israelí y no la celebración de elecciones, se aceptó celebrar elecciones bajo un régimen de ocupación militar, algo extraño en la historia. Pero ni Israel ni Estados Unidos aceptaron sus resultados. Más decepcionante fue que tampoco lo aceptara la Unión Europea. Pero lo peor aún estaba por llegar, pues por primera vez en la historia, la comunidad internacional castigó a la población ocupada en lugar de castigar a la potencia ocupante congelado sus ayudas económicas y relaciones políticas. Desde entonces mucha gente se pregunta ¿con qué autoridad moral pueden Estados Unidos y la Unión Europea darnos clases de democracia?

Conviene recordar que no es pan lo que demanda la sociedad palestina. Es justicia, es libertad, es poner fin a la ocupación militar israelí y, en definitiva, aplicar el derecho internacional. No mendigamos nada. Sólo reivindicamos lo que por derecho nos pertenece y un día nos fue arrebatado por la fuerza. Somos un pueblo digno. Sólo queremos vivir en paz y seguridad con los otros pueblos de la región y del mundo, incluido el israelí. Aprovechamos para enviar, desde aquí, un mensaje fraternal a los israelíes que se han manifestado en contra de la guerra, así como a las comunidades y personalidades judías que también se ha manifestado en otras partes del mundo.

Agradecemos todas las muestras de solidaridad, la ayuda humanitaria e incluso el guiño de simpatía que algunos nos profesan. Sin duda, estaríamos más satisfechos y agradecidos si la sociedad civil tomara mayor conciencia y boicoteara los productos israelíes (como las papas que inundan los mercados de nuestras islas). Pero aún cabe estar todavía mucho más satisfechos y muchísimo más agradecido si los gobiernos europeos dejaran de venderle armas a Israel; si presionaran con sanciones al Estado israelí por violar sistemáticamente los derechos humanos de la población palestina que ocupa desde hace más de cuatro décadas. No se le puede premiar a Israel, otorgándole un trato preferente en la Unión Europea ni, mucho menos, un acuerdo de asociación. Con esa política no han conseguido amansar la fiera. Por el contrario, Israel se ha burlado de toda la comunidad internacional e incluso se jacta de ejercer su poderío sobre los propios Estados Unidos. Consideramos que Israel no es un aliado tan estratégico ni para Estados Unidos ni para Europa. Se trata más bien de una carga estratégica. Como dramáticamente comprobaron nuestros hermanos libaneses en el verano de 2006, su política expansionista y agresiva en la zona es una fuente de inseguridad e inestabilidad regional e incluso mundial.

Ningún imperio o empresa colonial ha podido mantenerse frente a la determinación de un pueblo para liberarse. Como señala el escritor israelí Michel Warschawski: “La violencia sin precedentes desplegada por el ejército israelí es sólo la expresión, sanguinaria y cruel de una rabia colonial y vengativa. No es la primera vez que una potencia ocupante subraya su derrota con un último sobresalto de agresividad, tan criminal como ineficaz”.

Santa Cruz de Tenerife, 17 de enero de 2009